18 de enero de 2009

MITOS DE ORIENTE

Debido a la enorme amplitud y a la casi inabarcable mitología oriental para el temario de esta asignatura, se propondrán dos relatos, uno mesopotámico, otro japonés, que, si bien no son equivalentes, sí revelan una de las máximas preocupaciones del hombre, la muerte y el Más Allá, además de que permiten establecer ciertas comparaciones con otros mitos similares, como el de Perséfone o el de Orfeo en su descenso a los infiernos.

INANNA Y DUMUZI


Inanna, diosa sumeria (confundida a veces con la acadia Ishtar), es la diosa suprema del amor sexual, de la fertilidad, del planeta Venus y también de la guerra. Tiene como esposo a Dumuzi, dios pastor de la vegetación, que encarna las fuerzas creativas de la primavera, y su matrimonio con la diosa simbolizaba la renovación de la vida al inicio del año (celebración del hieros gamos o matrimonio sagrado). Inanna decibe descender a los infiernos mesopotámicos, el "País sin retorno", donde reina su hermana Ereshkigal junto a su esposo Nergal, monarcas infernales, posiblemente para extender su poder hasta allá abajo. Enterada de sus planes, Ereshkigal comunica a los guardianes que le apliquen las antiguas leyes. Así pues, Inanna ha de atravesar siete puertas y, en cada una de ellas, debe despojarse de una prenda o de una joya, hasta que, finalmente, en la última, se desprende de su corona, es decir, se ha ido desprendiendo de todos sus poderes. Completamente desnuda, se encuentra ante Ereshkigal quien le lanza la "mirada de la muerte" y la bella Inanna cae enferma y muere. Su cuerpo es clavado en la pared. El visir de Inanna, al ver que su ama no vuelve, decide acudir al dios Enki. Éste crea a dos seres asexuados y les entrega la Planta y el Agua de la Vida. Bajan a los infiernos y consiguen revivir a Inanna, pero sólo podrá salir a condición de que entregue un sustituto digno de ella. Una versión del mito cuenta que la diosa, custodiada por los demonios que han de velar porque se cumpla la designación del sucesor infernal, al advertir que su esposo Dumuzi, lejos de estar penando por la ausencia de su amada, se había acomodado rápidamente en el trono, lo elegió para sustituirle. La versión más extendida del mito, no obstante, relata que la diosa lo designa con dolor y pena. No obstante, al final se decreta que Dumuzi pase en los infiernos sólo la mitad del año y su hermana Geshtinanna, "Señora de la vid", la otra mitad.

Dumuzi, entonces, posee varios aspectos. Encarna la vegetación, la fecundidad de la tierra y la fertilidad cíclica d ela naturaleza. Como dios moribundo, simboliza el marchitamiento anual de la vegetación (estancia en los infiernos). Dumuzi fue, de hecho, objeto de muchos ritos; algunos recrean el malestar de su ausencia protagonizados por plañideras que lamentan su pérdida y la desolación de la naturaleza; otros celebran su resurrección y la vida que vuelve al mundo. Tanto el descenso como el ascenso de Inann simboliza igualmente la interrupción y la recuperación de la fertilidad en el mundo natural, animal y humano.

El mito de Inanna y Dumuzi (o el de Ishtar y Tammuz) ha sido comparado por James Frazer en su obra La rama dorada con mitos semejantes (pero no idénticos) como el de Isis y Osiris, Afrodita y Adonis, Deméter y Perséfone, Astarté y Atis.

IZANAGI E IZANAMI

La principal fuente de la mitología japonesa es el Kojiki (Archivo de Asuntos Antiguos), un texto recopilado por un cortesano llamado Ono Yasumaro. Al principio, cuando la tierra era joven y no estaba formada, cobraron vida tres dioses invisibles en las Elevadas LLanuras del Cielo. Se juntaron con otras dos divinidades formando las Cinco Deidades Celestiales Separadas. Después llegaron otra generación de siete dioses que engendraron a la Pareja Primordial: Izanagi ("Varón Augusto") e Izanami ("Mujer Augusta").
Recibieron la orden de terminar y solidificar la tierra. Se subieron sobre el Puente Flotante del Cielo y agitaron el mar con una lanza. Se creó una isla y allí erigieron una columna celestial construyeron un palacio. Entonces decidieron procrear. La pareja inventó un ritual matrimonial: ambos rodeaban la columna, él por la izquierda y ella por la derecha; al encontrarse, se intercambiaban cumplidos y caricias, y mantenían relaciones sexuales. Tras un fallido primer intento (Izanami había hablado en primer lugar durante el cortejo), empezaron a tener muchos hijos: dioses y diosas, el viento, las montañas, los árboles... Pero también el fuego, quien, al nacer, quemó los genitales de Izanami. Ésta, muy enferma, siguió engendrando y pariendo hijos, en plena agonía. Finalmente murió. Izanagi lloró su muerte y de sus lágrimas salieron más dioses. Su pena se transformó en cólera y decidió bajar al Yomi, el inframundo, reino subterráneo donde habitan los muertos, llamado también Tierra de la Oscuridad o Tierra Profunda.
Izanami apareció a la entrada del Yomi, cubierta por un sudario. Su esposo la saludó con cario y le rogó que volviera con él. Izanami le dijo que debía consultarlo con los dioses y, antes de retirarse a la oscuridad, le pidió que no la mirase. Pero a Izanagi le consumía el deseo de verla, construyó una antorcha y se adentró en el infierno. Allí vio que Izanami era en realidad un cadáver putrefacto, cubierto de gusanos. Aterrorizado, huyó de aquel lugar. Su esposa, enfurecida, le lanzó varios demonios y una horda de guerreros. Al llegar a la puerta del Yoni, Izanagi encontró tres melocotones. Si comía de ellos, jamás podría regresar al mundo de los vivos. Lanzó los melocotones a los demonios y justo cuando Izanami estaba a punto de alcanzarle, Izanagi cerró el paso con una enorme roca. A ambos lados de la losa, los dos se vieron frente a frente y rompieron su compromiso.